Wednesday, February 27, 2008

Juan

El negro Juan vivía al final del camino, casi llegando a la línea del tren.

Cuando llegaba del trabajo por la tarde, muerto de cansancio, dejaba caer el machete, se sentaba en un tronco que había al costado de la casa y se recostaba contra la pared de tablas sin siquiera quitarse el sombrero. Aunque el sol ya estaba tan bajo a esa hora, que no le hubiera hecho falta para nada el sombrero.

Yo entonces iba y me sentaba a su lado y él me hacía cuentos de esclavos. Bien que sabia Juan de esclavos, porque sus padres fueron esclavos hasta poco antes de que él naciera.

Un día me contó que a su padre lo habían hecho esclavo cuando era un niño como yo. Y yo, con la inocencia de mis siete años le pregunté si yo también iba a ser esclavo. Juan se rió y me dijo. “No mijo, su medcé no va se’jclavo. Ya no va’bel ma’jclavo”

Y yo, con la inocencia de mis siete años me lo creí.


6 comments:

Aguaya Berlín said...

Qué linda anécdota!
Yo no tuve Juan que me hiciera los cuentos... fue de grande que me dijo otro, que yo lo era...

lola said...

Creo que en realidad siempre somos esclavos de algo o de alguien. Aunque en el caso de los cubanos, ya se sabe quien ha sido "el amo".
Saludos!

GeNeRaCiOn AsErE said...

al,
muy bueno. Un aplauso compadre.

si te recuerdas alguna historia de esas. Si eso sucedió en serio. Cuéntanosla compadre!

nos vemos, t.

Rene M. Grave de Peralta said...

Esto me recuerda los cuentos de fantasmas y horrores que nos haciamos al anochecer en el portal de algun vecino para asustarnos. Me acuerdo de algunos de ellos tan bien como me acuerdo de la pelicula "The Exorcist" que me dejo temblando cuando la vi en su estreno.

Yvette said...

Muy bonito tu escrito, Al!
Saludos.

CubanInLondon said...

Tus historias cortas y breves me traen a la mente algunos de aquellos cuentos que me hacía mi abuela, descendiente de canarios y chinos (manos isleñas, ojos achinados) y con sangre africana. Me contaba las historias sin ton ni son, de ahora pa' horita, como si se quisiera desahogar de una enorme miseria.

Gracias por tu preciosa anécdota.

Saludos desde Londres.